Artesanía

RTESANIA DE LA VEGA

Con la aparición del maquinismo y la producción en serie, la artesanía ha caído en una rápida decadencia de la que se salvan sólo aquellos productos a los que se le exige una calidad y acabado alcanzable únicamente con el trabajo manual, o bien un determinado valor artístico.

En la Vega  Baja la producción artesana más típica ha girado tradicionalmente en torno al río: directamente con los productos de uso fluvial, carpintería de ribera, redes, aparejos de pesca, etc., y en la Vega Alta directamente con el barro de las riberas, ladrillos, tejas, tinajas, etc. Era una producción fundamentalmente utilitaria en la que lo artístico o decorativo estaba en función del objeto en sí.

Hoy perviven gracias a una serie de circunstancias que han permitido su continuación al mismo tiempo que, otras, han impedido su transformación industrial.

La carpintería de ribera de Coria, por ejemplo, ha producido salvo en dos ocasiones, una en el siglo XIX y otra en la presente centuria; los dos con el mismo nombre: “El Coriano”, barcos de muy pequeño tonelaje dedicados a la pesca fluvial.

Es una labor para la que se necesita una infraestructura muy escasa y que no sería rentable en grandes astilleros. Esto ha permitido su subsistencia, aunque decreciente al compás de la paulatina desaparición de la pesca. Actualmente quedan dos carpinterías de carácter familiar que abastecen las necesidades internas y de otros pueblos ribereños.

El método de construcción es totalmente intuitivo y sigue a lo largo de todo el proceso las técnicas más primitivas conocidas en el Mediterráneo para embarcaciones de ese aforo. Sobre un rudimentario apoyo, algo elevado del suelo para facilitar el traslado del barco una vez acabado hasta el río, se coloca la quilla, a ella se irá acoplando el “costillar”. La forma de esta estructura básica depende más de la experiencia y habilidad del constructor que de un plan preconcebido. Este “esqueleto” se realiza en madera dura y resistente; bien acebuche; bien, si este escasea, eucalipto.

A continuación se fijan las cuadernas de madera de pino, siguiendo el método ancestral de ponerlas en remojo en el agua del río hasta que adquieran una elasticidad que les permita adaptarse a las formas elipsoides de la estructura.

Una vez acabado el casco se procede al calafateado, operación que consiste en rellenar las juntas de separación con estopa introducida a presión con escoplo y mazo y por último se embrea todo el conjunto para impermeabilizarlo. Después de botado al río y comprobadas sus condiciones de navegabilidad se procede, si las características lo requieren, al acabado de la superestructura.
 
En la artesanía del barro hemos de distinguir dos variantes: Una ya definitivamente perdida y de las que nos quedan una muestra de productos de gran valor nostálgico y decorativo y el nombre de una calle, donde al parecer estuvieron asentados los más importantes talleres; nos referimos a la tinajería.

La tinaja fabricada mediante una fórmula de composición que se perdió con los últimos tinajeros, era de gran resistencia y elegancia de líneas. En su composición entraba el guijarro o gravilla, tan abundante en los vecinos montes, y la arcilla, junto con el limo o gres del Guadalquivir. Su porosidad  variaba según el uso a que fuera destinada, las de agua muy porosas para facilitar el enfriamiento rápido del líquido, y las de vino, aceite o aceituna prácticamente impermeables, de una gran solidez y textura pétrea para evitar los accidentes en el transporte. Su forma, siempre algo panzuda y de boca muy amplia, así como su tamaño estaban también en función de su uso.

Aunque el origen de esta artesanía podemos situarlo en tiempo de la colonización romana, el momento documentado de mayor auge coincide con el monopolio de Sevilla en el Comercio de Indias. En las Riberas del Guadalquivir existían una serie de talleres que, a juzgar por el número de esclavos que llegaron a tener algunos tinajeros como el maestro Antonio Rodríguez, debían ser en el siglo XVIII un negocio de elevado rendimiento económico. A finales de este siglo la producción comenzó a decaer al ser sustituidos los envases por otros menos pesados y manejables, hasta que desapareció definitivamente a mediados del siglo XIX.
 
La segunda variante del barro es el ladrillo. Este sector se conserva penosamente. Es la especial calidad del ladrillo coriano lo que le impide su transformación industrial. Han fracasado los intentos de introducir maquinaria para su fabricación en serie ya que el producto del barro, obtenido mediante este proceso y debido a la especial calidad se vuelve quebradizo y por tanto no apto para su uso; pero al mismo tiempo es esta labor manual la que lo hace insustituible para obras de restauración o decorativas ya que el ladrillo actual no difiere prácticamente nada en cuanto a composición, color, tamaño y textura del que se fabricaba hace setecientos u ochocientos años.

Su origen se remonta también a la época romana, pero fue con los árabes cuando alcanzó el mayor desarrollo la técnica de fabricación. El argot del sugiere esa simbiosis entre la cultura árabe y la mozárabe al tiempo que nos revela su carácter localista. La artesanía del ladrillo ha fluctuado, en cuanto a producción y, consecuentemente, importancia económica para la zona, al compás del desarrollo urbanístico de Sevilla.

Dos de esos momentos históricos destacan en particular: el auge de la Sevilla del XVII y la Exposición Iberoamericana.

En cuanto al periodo de los siglos de oro sevillanos, las mayores ventajas las obtuvieron los fabricantes de ladrillos con la construcción de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla.

La introducción de las otras zonas de nuestra geografía de la producción industrial con la que no se puede competir en precio ni en volumen ya que el trabajo manual se ve reducido a los meses carentes de lluvia, la regularización del cauce del río que al no desbordarse no rellena cada año los “hoyos” producidos con la “saca” del barro, toda la serie de factores citados anteriormente, en suma, han reducido los hornos en actividad al número de dos o tres.

Otras vertientes en el mundo artesanal, singulares por su particularidad y trabajo artístico merecen una digna mención:   

El Mueble: El mueble artístico ha sido rescatado, y muchos organismos a instituciones lo eligen en su mobiliario.

El Bordado: Otra artesanía, cuenta con más clientela y con una increíble cantera. Se trata de la realización del bordado barroco, estando a la cabeza de la producción de ornamentos para la Semana Santa sevillana y palacios de toda España.

El Enrejado de Flecos:    El enrejado o dibujo realizado con flecos para los mantones de Manila, es una tradición cuyo rigen se atribuye a las cigarreras de Sevilla, que pusieron flecos a as piezas de seda que servían de envoltura a las pacas de tabaco. A esta labor artesanal, propia de Cantillana, de hecho es hoy en día patrimonio exclusivo de la localidad y uno de los motivos de su fama.