LEÓN, ESA CIUDAD QUE TIENE...
Vamos a León, niña,
Vamos a León;
Que la Catedral tiene
La luna y el sol...
Lo que tiene León, como lo que tienen tantas otras ciudades desconocidas de la geografía española, nadie lo sabe. Y si lo sabe, se lo calla; porque hay secretos que uno quisiera conservar para sí y llevárselos a la tumba, como si con ellos se llevara un trozo de la Ciudad a la que ama.
¿Quién no ha intentado descubrir, redescubrir la Ciudad, inventársela cada día, a cada hora, en cada instante de luz o de penumbra? ¿Quién no ha penetrado en ella, con larga zancada, por la puente que llaman de Castro siguiendo las huellas peregrinas de la Pícara Justina y se ha detenido en su andar en la plaza del Grano, o de Santa María del Camino, que tiene una fuente pretenciosa, con dos angelotes desnudos y unos porches sombríos y una cruz amparada en el macizo sombrajo de la Iglesia de Santa María? ¿Quién no ha recordado entonces las palabras de aquel Don Miguel de Unamuno, andariego por los caminos de la España eterna?:
“...Había que oírle al párroco de la iglesia aquella del Mercado un hombre admirable que en restaurar y mantener su iglesiuca pone sus amores y sus haberes, explicarnos el singular fervor que le inspira el celebrar la misa en una reducida capillita del lado de la Epístola del Altar Mayor, en una especie de concha románica que parece una gruta: “Cuando celebro aquí – nos decía- me parece estar muy lejos del mundo, en una cueva del desierto, solo con Dios”. Aquel cura siente su iglesia y ha hecho de ésta como un segundo cuerpo de su alma. ¡Y dichoso aquél que logra hacer de su casa o de la morada en que su oficio se cumple otro cuerpo más para su espíritu! Y si no ya de su casa tan sólo, sino del lugar, villa o ciudad en que vive ¿qué mayor bendición de Dios? No hay para vivir como una de estas viejas ciudades rebosantes de seculares recuerdos cuando se logra encarnar, o si queréis, “empedrar” en ellas, hacerlas cuerpo de nuestra alma...”
Pues para “empedrarse” en León hay que echarse de corazón por sus plazas y callejas, por sus callecitas estrechas, que son como ríos que van a dar a la mar, que es el vivir de la Ciudad, y dejar que por los costados resbale, lento, el agua blanca y fina de su silencioso, de su alentar. Hay que meterse por la calle de la Rúa, por ejemplo, cuyo trazado, hoy tan imperfecto e ingrato para las exigencias de su movimiento comercial, dicen que se debe al gran Vitrubio, y, por ella, llegar a la arteria principal; la que, partiendo de la Plaza de la Catedral, baja, cambiándose el nombre, hasta la Estación.
En la antigua Herrería de la Cruz, con la Puerta Cauriense; la calle de San Marcelo, con la ermita del Cristo de la Victoria, de la que no se conserva más que la fachada, y con el hermoso Palacio de los Guzmanes; la calle Ancha, que mantuvo durante siglos su jerarquía hasta que la Ciudad fue extendiéndose, por el Paseo de las Negrillas y ensanchándose hasta romper la frontera natural de los ríos.
Ya en ella, puede, quien desee completar debidamente su itinerario, torcer hacia la derecha, hasta alcanzar la Plaza de la Catedral. Qué bien pagado tendrá el desvío con la contemplación de la más graciosa y sutil arquitectura:
Sancta ovetensis, PULCRA LEONINA
Dives toletana, fortis salmantina...
Y allí se quedará absorto el andante ante el milagro de piedra de la desnudísima y bella y pura Catedral leonesa, acaso musitando los versos del poeta:
Todo es en ti paz humilde, fervor puro;
Abandono inefable a la celeste fuerza.
En tus oscuras galerías el alma se persigue esencial. Y no recuerda,
Porque el recuerdo nace de las cosas
Y en ellas se alimenta
¡Qué ardiente cumbre escalo, pisándote, sintiéndote!
¡Qué liberada música me compacta y serena1
Invadido, en tus naves
Gozo la plenitud de la Belleza...
Pero tal vez sea mejor, para completar la visión total de la Ciudad, resignar las calles antiguas, sacudirse el embrujo de sus plazas, guardar en el recuerdo los perfiles de sus palacios y torreones. Y avanzar hacia la Ciudad insospechada. Hacia la gran Ciudad moderna que va haciéndose a ritmo veloz, con impaciencia de Ciudad joven, con soberbio atre3vimiento. Tal como si quisiera en sólo unos años recuperar el tiempo perdido.
Una ciudad con un aire recién estrenado, con un estilo de audaz modernidad, con el relumbre y la gracia que solamente son capaces de crear los pueblos que, como este, tienen fundamento, solera.
Porque en la estructura del León actual no hay nada – salvo contadas precipitaciones urbanísticas – que haga concebir la idea de imprevisión, de improvisación; de ese azar, de ese acento delegado o adquirido, como de nuevo rico, a cueste lo que cueste, o al ande o no ande...
Todo parece como consecuencia natural de un pueblo con una portentosa reserva de señorío y con un ímpetu creador alegre y confiado.
Luce el sol dorado de la primavera leonesa y es un júbilo el aire increíblemente transparente y la magnificencia de sus plazas y la impresionante disposición de sus avenidas y la noble ambición de ese Paseo – jardín que, siguiendo el curso del viejo río Bernesga, pondrá, desde el San Marcos plateresco de los Caballeros de Santiago hasta los límites actuales en el Parque antiguo una cintura floral a la ciudad.
¡Viejo Paseo de Papalaguinda, tan nostálgicamente recordado por José Eguiagaray Pallarés, en su libro Lo que va de ayer a hoy:
“Así se llamaba aquel Paseo – Papalaguinda – donde nuestras madres tejieron sus destinos y donde nuestros padres vertieron, en los oídos de aquellas, los eternos madrigales con los que, desde que el mundo es mundo, se acerca el hombre a la mujer amada a prometerla amor para toda la vida...”
Hoy está surgiendo - con grandes trabajos y no con pocos quebrantos administrativos y de los otros – uno de los más bellos parajes de la Ciudad. Quizá el único que nos compense a los leoneses de la falta de un verdadero Parque, tan necesario a la fisiología y a la estética ciudadana.
Esta Ciudad moderna – decimos – se nos abre, sorprendiéndonos a cada paso, como un retablo de las maravillas. A la plaza de San Marcelo confluyen las avenidas más hermosas de la Ciudad: la calle Ancha, con la Catedral al fondo; La de Ordoño, vibrante de color, vigilada en su entrada por la severa efigie del mejor de los Guzmanes, cuya ancha sombra quisiera reflejarse en las aguas de una fuente pensada y realizada para ornato de la Ciudad, como en los tiempos de Carlos III, y como muchas de aquellas, condenadas a pertinaz sequía. La del General Sanjurjo, cerrada por la platería fulgurante del Hostal de San Marcos, que fuera también prisión de aquel Don Francisco de Quevedo y Villegas, abuelo instantáneo de los dinamiteros. La de Ramón y Cajal, con el gallo engreído de la Torre de San Isidoro, panteón ilustre de los Reyes que hicieron las Españas. La de la Independencia, que es el camino real hacia la Villa y Corte. Y la del Padre Isla, por la que se meten en a León los fríos de la montaña.
Por ellas principalmente discurre la vida de la Ciudad. Por ellas el leonés se esparce, buscándose el más propicio acogimiento. Y como buena entidad provinciana – que no quita lo cortés a lo valiente -, cuando el sol se rinde fragoroso entre los ágiles chopos de la Vega, encendiendo en las verdes hojas su artificio final, organiza su paseo en esa Cinematográfica calle Mayor, que es la de Ordoño, nutriéndola de juventud, de belleza, de vida real...
¿Quién no ha intentado descubrir, redescubrir la Ciudad, inventársela cada día, a cada hora, a cada instante de luz o de penumbra? ¿Quién, montado sobre ella, no ha mirado, de una manera singular la inmensa y entrañable totalidad de la Patria?
Acaso, como siempre la Poesía nos ponga sobre la pista de su más auténtico ser:
Desde este crudo alcor, que un aire entero
Ávido pule; que es como la hartura
De la Patria distinta, se madura
Su pulso más profundo y verdadero.
Desde este trozo vivo, en el que muere
Abrazado al temblor de su estructura,
¡León inevitable! , se asegura
su perfil más gozoso y duradero
Desde este viejo pueblo transparente;
Entrañable parcela; geografía
En plenitud, extiendo la mirada.
Y España se me da lluviosamente
En tan perfecto y puro mediodía
Que el alma se conmueve, rescatada...
Victoriano Cremer (Semana Santa 1959)
VICTORIANO CRÉMER. Poeta español, novelista, ensayista, articulista y crítico de artes, nacido en Burgos en 1908. Desde su infancia vive en León, donde trabajó como tipógrafo y periodista.
Siendo un autodidacta, sobresalió como poeta y crítico, colaborando en la fundación de la revista Espadaña junto con Eugenio de Nora y Antonio G.de Lama .Participó en varios programas radicales.
Estuvo involucrado en el partido anarcosindicalista en León y sufrió encarcelamiento tras la Guerra Civil.
Ha publicado medio centenar de obras desde Tacto sonoro, podemos mencionar : Tendiendo el vuelo (1928), Tacto sonoro (1944), Caminos de mi sangre (1947), Las horas perdidas (1949), Furia y paloma (1956), El amor y la sangre y Los cercos (1976). Ha escrito también las novelas Libro de Caín (1958) e Historias de Chu-ma-Chuco (1970), en las que se ocupa de temas sociales .El fulgor y la memoria en 1996.
En 1951 obtuvo el Premio Boscán y el Nacional de Poesía en 1963. Diferentes galardones a su obra como el Premio de las Letras de Castilla y León; Premio Ondas de Radio; Premio Nacional de Literatura; Beca March de Literatura...
Crémer ha incluido en su obra una serie de intereses que van desde las preocupaciones existencialistas a la denuncia de la injusticia social y la degeneración de los valores en la sociedad contemporánea .
Su poesía es impura y humanizada que conectaba con la línea de Pablo Neruda de los años 30 preocupado por los problemas sociales y obreros encontrando en ellos la censura de la época.
Mundo Queso


















































































