Ruta
Cuando el río Cea alcanza Almanza, la montaña en que nació ya no es sino una silueta lejana. Las formas del paisaje que surca el río son ahora más suaves, aunque no llanas, y los montes, pese a lo que pudiera parecer, de inesperada variedad y envergadura. En estas tierras que los entendidos llaman tierras de transición, expresión un tanto desvaída por lo que de negación tiene -no es montaña, no es llanura-, el río Cea es una línea frondosa y enmarañada de salgueros, chopos, álamos y fresnos. Desde ella se atisban por igual la enormidad y el colorido del pinar de Riocamba, la espesura del robledal inmenso y espectacular que conserva Almanza o las tierras sembradas de cereal que se suceden dilatadas y extensas por doquier.
Descripcion
El Cea es también la razón de ser de muchos pueblos que nacieron en sus márgenes frescas y verdosas. Y de grandes villas cuyo presente apenas si da fe de su pasado esplendoroso, poderoso o estratégico: Almanza, Cea, Sahagún, Valderas. Siguiendo el curso del Cea, en Almanza se entra por un hermoso puente de fábrica medieval construido entre los siglos XI y XII con arreglos y consolidaciones del XVIII (1775) Y XIX (1827). Está realizado íntegramente en sillería y se compone de 10 bóvedas de cañón de luces comprendidas entre 8,40 y 11,35 metros aunque algunas permanecen actualmente enterradas. La villa en la que deposita al viajero tiene indudable origen medieval y de aquella época conserva parte de la cerca de cal y canto del siglo XIII que defendía la población y en la que se abre un arco apuntado de mampostería. El recinto (BIC) estuvo rodeado de un foso del que todavía quedan restos a modo de torrentera próximo a lo que se conoce como Palacio de Almanzor, un edificio de mampuesto de planta cuadrangular con sus esquinas rematadas en cubos circulares. El lugar celebra intensamente la Semana Santa y de todos los actos que en ella se celebran destacan la procesión conocida como "de las caídas" del Viernes Santo y la puja que se realiza tras la misa del Domingo de Ramos para poder llevar las imágenes y para desempeñar los papeles de Nazareno -que elige quién será el Cireneo- y Judío precisamente en esa procesión.
Aguas abajo, un rosario de pequeños pueblos se asoman al río: Villaverde de Arcayos, donde el viajero puede pasar un rato delicioso junto al restaurado santuario de Nuestra Señora de Yecla; Arcayos; VIllamartín de Don Sancho; Villaselán, cuya iglesia dedicada a los mártires Facundo y Primitivo, entre otros tesoros, alberga una interesante armadura morisca del XV o un sagrario que se atribuye a la escuela de Esteban Jordán; Castroañe; Santa María del Río, “Santamar” para los lugareños; Villacerán; Saelices del Río, con la hermosa iglesia parroquial de San Félix y su ábside mudéjar; Bustillo de Cea, asentamiento de una villa romana del siglo IV apenas estudiada; San Pedro de Valderaduey. . .
Cea, homónima del río, es villa depositaria de una historia, amplia e interesante, que aparece documenta por vez primera en el siglo IX aunque muchos remontan sus orígenes a tiempos prerromanos al tiempo que la consideran capital del pueblo vacceo. Repoblada po Alfonso III según se recoge en la Crónica de Sampiro, Cea fue a partir del siglo XI una plaza estratégica codiciada por castellanos y leoneses en sus disputas territoriales. Recuerdo de aquellos tiempos son las ruinas de su castillo (BIC), destruido en más de una ocasión y que se sabe que sirvió de confinamiento a conocidos personajes. Situado en un cerro que se yergue sobre el río, es un edificio de planta rectangular cuya torre del homenaje, construida como espacio independiente, no fue erigida hasta la segunda mitad del siglo xv. Al pie del castillo se encuentra un hermoso puente de sillería de originaria factura medieval aunque rehecho, según se puede leer en una de sus bóvedas, en 1737. Tiene ocho ojos apoyando las bóvedas sobre pilas con tajamares triangulares aguas arriba y rectangulares aguas abajo. En la población, que celebra entrañables fiestas como la de Las Candelas, en las que aún se conserva el canto del ramo, son de cita ineludible también la iglesia de Santa María (XVI), con una torre morisca, la de San Martín, donde puede verse una interesante talla de san Juan Bautista del XV y una lauda sepulcral de 1666 del apellido Mogrovejo.
Camino de Sahagún, conviene detenerse en Villamol para contemplar las ruinas del que fuera el monasterio de Santa María de Trianos, un cenobio que vivió sus tiempos de esplendor con los dominicos quienes establecieron en él un famoso Estudio General desaparecido en el siglo XIX tras la desamortización.
Sahagún es, sin duda, la más importante y la de mayor renombre de cuantas nacieron en las márgenes del Cea. Sus orígenes tienen además una directa vinculación con el río pues los relatos hagiográficos narran cómo de éste se recuperaron los restos de los mártires Facundo y Primitivo que, depositados en una pequeña iglesia, fueron el germen del monasterio de San Benito de Sahagún, en el que el rey Alfonso VI impondría la reforma cluniacense. A su alrededor nació la villa de Sahagún, cuyo primer fuero data del año 1085, engrandecida por su situación en el Camino de Santiago y que estaría llamada a convertirse en foco artístico de primera magnitud al irradiarse desde ella a los .pueblos de la zona el estilo mudéjar. Las iglesias de San Tirso, San Lorenzo o Nuestra Señora la Peregrina y la ermita de la Virgen del Puente son excelentes ejemplos de este estilo artístico que no agota, sin embargo, el patrimonio de la villa. En él hay que incluir también los templos de San Juan y de la Trinidad o el convento de Santa Cruz de las MM Benedictinas así como las muestras de arquitectura civil que hay en el lugar y, por supuesto los restos de su poderoso monasterio entre los que destaca sobremanera el imponente Arco de San Benito.
Más allá de San Pedro de las Dueñas, donde ha de verse el monasterio homónimo aún habitado por monjas benedictinas, y de Galleguillos de Campos, el río Cea se despide de tierras leonesas para introducirse un buen trecho en la provincia de Valladolid. Pero regresa de nuevo a León en las cercanías de Gordoncillo, tierra de campos y viñedos prósperos, de buenos vinos y de apuestas artísticas modernas y punteras.
Anda el río ya cercano a la última de las grandes villas nacidas a su vera, en los confines leoneses, allá donde León, Zamora y Valladolid casi se confunden: Valderas. El nombre del lugar se documenta ya en el siglo XI aunque sus orígenes son probablemente mucho más antiguos puesto que el puente que vadea las aguas del río, el mismo que el viajero viene siguiendo desde lejos, es de origen romano aunque su factura actual deba casi todo al siglo XVII.
En el siglo XII, en tiempos del rey Fernando II, Valderas se fortifica con una cerca y un castillo que se conocerá con el nombre de castillo de Altafría. De éste apenas se conservan dos torreones y fragmentos de lienzos en estado ruinoso mientras que de la cerca quedan en pie la Puerta o Arco de las Arrejas –mudéjar, construida en piedra y ladrillo en el siglo XIV y con tres arcos apuntados en el interior- y el Arco de Santiago de estilo mudéjar con doble arco apuntado con alfiz. Un siglo después, en el XIII, la villa está en manos de los Osorio, marqueses de Astorga, quienes la convierten en cabeza del señorío de las denominadas siete villas de Campos: Villalobos, Valderas, Villamañán, Villaornate. Valdescorriel, Fuentes de Ropel y Becilla de Valderaduey. De su historia cabe destacar, entre muchos otros hechos notables, el haber sido sede de una importante judería formada por agricultores y comerciantes de paños desaparecida con las expulsiones decretadas por los Reyes Católicos y de la que hasta 1926 se conservó su sinagoga reconvertida en ermita dedicada a la Santa Cruz.
Salvo la que fuera casa del Consistorio, construcción de estilo herreriano situada en la plaza del Azogue, los edificios de mayor interés de la población son todos religiosos. La Iglesia de Santa María. documentada ya en 1144, fue rehecha en el siglo XVII. Su interesante pórtico enrejado. en el que se celebraban los concejos populares, da paso a un interior en el que destacan el retablo mayor, los retablos colaterales, la imagen del Cristo de la Concha o el órgano. De origen medieval es la Iglesia de San Juan del Mercado, aunque su factura actual pertenece al XVI con añadidos del XVII.
La población tuvo también un convento de carmelitas descalzos, el Convento del Carmen, cuya iglesia tras la exclaustración se convirtió en la parroquia de San Claudio el Nuevo y en 1898 en el santuario de la Virgen del Socorro que en la actualidad alberga un museo de arte religioso en el que se custodian piezas -tallas, cuadros, crucifijos, retablitos, orfebrería- datadas entre los siglos XII y XX. Por sus dimensiones y formas recias llama también la atención en el lugar el que fuera Seminario San Mateo, hoy Casa de la Cultura, fundado por Fray Mateo Panduro y Villafañe, oriundo de Valderas y arzobispo de La Paz desde 1711. Al edificio, erigido en el XVIII, se le añadió una tercera planta en 1940 trazada por el arquitecto Juan Crisóstomo Torbado.
Un paseo por Valderas le revelará al viajero otro de los aspectos más interesantes y notables de la villa: la hermosura y abundancia de la arquitectura civil que se asoma por doquier a las calles del lugar adornadas con numerosas casas blasonadas, residencia de familias notables que las erigieron mayoritariamente en el XVIII, algunas de las cuales poseen enormes y excelentes bodegas subterráneas.




















































































