UNA PROPUESTA DE ESPERANZA PARA LA TIERRA DE SAHAGUN. Me parece haber escrito, hace tiempo, que un pueblo entra en agonía cuando le cierran la escuela de primeras letras.
Y en el interfluvio que tiende su lomo de cantos entre el Esla y el Cea, al sureste de la provincia de León, casi todas las escuelas han echado el cerrojo.
El cierre de la escuela rural significa, por de pronto, que ya no hay niños y, de ordinario, un pelotón de ancianos consume horas de nostalgia y parloteo a la solana, de día si hace bueno, o dormita a cabezada limpia por las noches ante un televisor.
Si se exceptúa Sahagún, como capital de la comarca, la mayoría de los pueblos abrieron, a partir de 1980, una época de incertidumbre ante el futuro y han franqueado el umbral del tercer milenio fatigosamente, sin esperanza.
La escuela del ámbito leonés de la Tierra de Campos –llamada Tierra de Cantos en su lado norte y central- se ha convertido en un espacio dramático de silencio, en almacén municipal, en hogar de la tercera edad, en albergue de peregrinos a veces… O está en ruinas que nos hacen recordar las severas admoniciones de un Julio Senador Gómez en Castilla en escombros, un Miguel Delibes en El disputado voto del señor Cayo y un Jesús Torbado en Tierra mal bautizada. Desgraciadamente, el pesimismo, la amargura y la desolación de estos tres libros conservan una vigencia plena en nuestros días.
La población ha venido tan a menos que en los últimos tiempos que, si echamos un vistazo a los listados del censo, observamos que la práctica totalidad de las localidades de la comarca de Sahagún han rebajado la nómina del vecindario drásticamente, hasta el punto de que languidecen las juntas vecinales y se cuentan por decenas los lugares con menos de cien habitantes. También son decenas los pueblos de la Tierra de Cantos donde hace más de veinte años que no vive ninguna moza –todas marcharon a estudiar, a trabajar en las fábricas o a servir- , el cura – que también se ha ido y aparece sólo para la misa dominical y algún entierro- no inscribe un solo nombre de niño en el libro de bautizados y las campanas tocan a posa con demasiada frecuencia.
Los pueblos leoneses del sureste, tan vacíos, tan solos, sólo se llenan –y cada vez menos- en verano y por la fiesta del santo patrón.
Sin embargo, quedan todavía ciertas razones para la esperanza, y a ellas habrá que agarrarse como a un clavo ardiendo, aunque a determinados sitios cualquiera acción de rescate o de socorro llegue tarde, de forma que, en un planteamiento realista, habría que resignarse a pensar que no van a seguir existiendo todos los pueblos de la comarca de Sahagún, al menos administrativamente. Y por supuesto nada va a ser como fue, como era.
Sin la menor petulancia ni pretensiones de formular recetas definitivas, sí que osaríamos sugerir o ensayar una mínima propuesta de esperanza, partiendo tanto de estudios generales de sociólogos, demógrafos y economistas como del conocimiento directo y específico de la zona.
La esperanza comienza y reside en la propia villa de Sahagún, en el redimensionamiento de los pueblos, en la transformación de la empresa agraria, la instauración o potenciación de actividades nuevas y la fijación o afincamiento de los pocos naturales que quedan y de una oleada de magrebíes, subsaharianos, rumanos, polacos, ecuatorianos y otros latinoamericanos que desbaraten nuestros raquíticos índices de natalidad y vayan modelando la sociedad mestiza del futuro incluso en el campo.
La villa de Sahagún, que goza de magníficas comunicaciones por carretera y ferrocarril, debería recibir ayudas decisivas para una industrialización adecuada, sobre todo de tipo agroalimentario, y debería convertirse a la vez en centro nodal de servicios para cuarenta o cincuenta kilómetros a la redonda, igual dentro de la provincia de León que en los asentamientos cercanos de Valladolid y Palencia. Por otra parte, las posibilidades turísticas de Sahagún, con interesantísimas rutas –por ejemplo la del mudéjar- en toda la comarca, necesitan una promoción seria y comprometida de los poderes públicos, comenzando por el municipio y las mancomunidades para seguir por instancias provinciales, autonómicas y nacionales. El sentido de la comarca en León, tan definido, no ha sido aún considerado como motor de proyectos y de progreso.
Y es preciso redimensionar los pueblos. ¿Cómo dotarlos, si no, de asistencia sanitaria, carreteras, escuela, teléfono e internet, alumbrado público, abastecimiento de aguas, depuradoras y sistemas de tratamiento de residuos, recogida de basuras, medios de diversión y de cultura, etc.?
Otro tanto cabe decir de la labranza y la ganadería, donde el concepto de explotación o empresa agraria ha de primar sobre formas arcaicas e irracionales de cultivo y explotación de la miseria. Que queden para siempre en barbecheras, en nidos de avutardas y alondras, en superficies de monte o de pastos, aquellos payuelos esteparios que sirvieron únicamente para martirizar en un régimen existencial de subsistencia y de pobreza, generación tras generación, a una legión de campesinos tristes, oprimidos, humillados.
Y brazos abiertos para los emigrantes. ¿Quién va a mover el pequeño mundo de la Tierra de Cantos? ¿Quién va a comenzar un sendero nuevo el día en que se acaben las subvenciones? ¿Ancianos con los días contados? ¿Solterones que gastan en alcohol los beneficios otorgados a una agricultura extensiva sobre un suelo machacado por los tractores grandes, esquilmado por los fertilizantes químicos, emborrachado por los herbicidas y contaminado por los plásticos? ¿Las parejas de edad madura que no aman la tierra y consideran una desgracia el hecho de que su hijo –su único hijo- tenga que quedarse en el pueblo porque no puede hacer una carrera, aunque la ejerciera en la Cochinchina? No puede prorrogarse indefinidamente el subempleo del agricultor al que sobra demasiado tiempo para la taberna ni pueden quedar pastos a los que la ganadería no se acerca por falta de pastores. El nuevo empresario agrícola –el labrador y el ganadero- tendrá un perfil bien distinto al tradicional –y actual- de la Tierra de Cantos.
Y aunque parezca mentira, serán, al menos en gran parte, hombres y mujeres venidos de fuera, de países lejanos, los que cultivarán racionalmente esta tierra, los que amarán a esta Tierra de Cantos que nosotros quizás no hemos amado.
Por eso, vosotros, hermanos de otras hablas y otras etnias cuyos sonidos tímidos ya escuchamos…, ¡llegad pisando fuerte!, ¡sed bienvenidos!
FÉLIX PACHO REYERO
Mundo Queso




























































































