GASTRONOMÍA. Esta comarca puede caracterizarse por su riqueza gastronómica. Quizá la presencia de recursos naturales no sea la adecuada para elaborar una dieta rica y variada que supla todas las necesidades alimenticias de los habitantes de Tierra de Campos, pero la imaginación ha sustituido esta carencia. El resultado ha sido el desarrollo de una gran cantidad de platos y comidas que se pueden definir por su gran variedad y riqueza culinaria. La comarca, de esta manera, asegura un buen comer, atendiendo a la elaboración artesana de sus diferentes recetas.
Destacando los diferentes productos de la comarca, no podemos dejar de hacer mención al pan. Estamos ante unas tierras eminentemente cerealísticas, y el pan ha sido durante largos siglos el alimento fundamental de la zona. El pan se elabora con trigo tremés o candela, siendo muy apreciado por su sabor y por su blancura a todos los niveles. Se asimila al gusto castellano por el pan bregado en diferentes y artísticas presentaciones. En todas las riberas y tierras del interior el pan ha sido normalmente hogaza grande para que aguante dos días.
El puerro, cuyo origen se circunscribe a los huertos de los monjes del convento benedictino de Sahagún, se ha destacado como uno de los elementos que definen la gastronomía de Tierra de Campos. Pero la comarca también produce otros ingredientes que, aunque no dispongan de similar fama, son de una excelente calidad. En los huertos se cultivan aparte de los puerros, pepinos, patatas, grandes repollos, cebollas cabezudas de matanza, tomates, pimientos, lechugas, escarolas y guindillas. Un elemento de gran riqueza es la miel. La miel se cría en cajón de madera, en tronco de árbol conocido como “truébano”, o en un escriño adosado al interior de una pared con respiradero exterior.
Pero tampoco podemos olvidar las carnes. Entre todas las de la comarca, destacan las de cordero lechal o lechazo, muy apreciado por los pastos y por la selección de razas de que se dispone. También se aprovechaban las carnes de caza, entre las que destacan el pichón y el palomino. Una de las principales fuentes de productos alimenticios era la matanza. Ésta se constituye casi como un acto ritual, festivo, celebrado al principio del invierno y en el que se reúnen las familias y los vecinos en torno a todos los pasos tradicionales que tendrán como resultado el aprovechamiento total de las carnes del cerdo, con las que se elaboran el “calducho” o los “chichurros”, los torreznos, chorizos, morcilla o jamones ahumados. Otro producto de fama es el queso. El queso se hace con leche de oveja. Hoy en día se elabora en pequeños talleres artesanales, aunque en un principio se hacía en todas las casas de la comarca.
Para empezar el día, sopas de ajo, preparadas como en la mayoría de la provincia. El pan de hogaza del día anterior se cuece con agua, aceite, ajo y pimentón. Se adereza con tacos de jamón serrano y huevos escalfados. Entre los platos más típicos, debemos mencionar el cocido. Antes era utilizado como plato único del día. Se hacía en puchero en el que se dejaban cocer lentamente los ingredientes en la lumbre. Los platos de cuchara toman como ingredientes fundamentales las legumbres de la tierra, entre las que destacan las lentejas y los garbanzos. Los puerros, de los que ya hemos hablado por su excelente calidad, se preparaban en ensaladas o se asaban. Durante los meses cálidos de verano, destacan en la mesa de Tierra de Campos, los pistos y las menestras.
Más contundente es el lechazo o el cordero pascual asado, que últimamente ha adquirido mucha fama como plato típico de la comarca. También se asaban capones, conejos, castrones y pavos, siendo muy apreciado el pollo de corral guisado. Las recetas de las que podríamos hablar sobre las distintas formas de preparar mollejas, callos, menudillos o caracolas, serían una gran cantidad. En esta tierra en que abunda la caza, las palomas se estofan creando el famoso estofado de palomas, o se elabora el suculento arroz con pichones, mientras que el tordo se sirve con patatas.
Un plato de gran atractivo para los visitantes de la zona es el “congrio al ajo arriero”. Se denomina así porque era muy habitual entre los arrieros, que al viajar mucho necesitaban alimentos que se conservasen en perfectas condiciones, y el congrio soporta mucho sin perder sus mejores cualidades. Para preparar este plato se limpia el congrio y se cuece. Se echa en una cazuela de barro, luego se fríen los ajos con una hoja de laurel, se le añade el pimiento y se rocía con un poco de vinagre. A la salsa se le añade el congrio cocido, dejando que hierva un poco. Se tiene que servir caliente.
Pero más tradicional es el “bacalao al ajo arriero”. Más bien es bacalada, un pez seco, que se sala, y que se tomaba en los viernes de Pascua en todas las casas populares. Se sirve aliñado con una gran cantidad de pimentón, y han alcanzado fama los presentados en las ferias de Sahagún o Valderas. Una receta más simple y suculenta es el “bacalao con patatas y arroz”, un viejo plato de pote que aún hoy se cocina en muchos lugares de la comarca.
Todos estos platos se acompañaban con vinos tintos y rosados de zonas próximas.
La repostería local cuenta con galletas de hierro, los amarguillos, las rosquillas bañadas, entre otros numerosos dulces, muchas veces realizados por las monjas. Los domingos se preparan magdalenas y pastas, durante las Navidades tortas de torrejones, los pestiños en Carnaval, aleluyas en Pascua, bizcochos y mazapanes para el corpus, sequillos de la Virgen del Carmen y rosquillas de trancalapuerta o bañadas de clara por San Bartolo. Por último, citaremos las “guindillas de monja”, que, entre otros sitios, todavía hoy se preparan y se comercializan en Sahagún.
JUEGOS POPULARES. En esta comarca los juegos obedecen a la dinámica general que ofrece el resto de la provincia. Como principal deporte o juego practicado, podemos citar los bolos, a los que se uniría la pelota como lo demuestra el que cada pueblo suela disponer de su propio frontón. Pero hemos encontrado, sin embargo, una gran variedad de juegos infantiles, algunos propios de Tierra de Campos, y otras variedades propias de juegos más extendidos.
En el juego de bolos se mezcla lo deportivo con lo lúdico. De esta manera, ha pasado a convertirse en un agradable entretenimiento de los ratos libres en numerosos pueblos de la comarca. Se juega en las boleras, para lo cual únicamente se precisaba un espacio lo más llano posible, y con unas determinadas medidas. En este espacio, se delimita la zona donde situar los bolos y la zona desde donde se lanzará la bola. Todos estos instrumentos se realizan con madera, siendo los bolos de una madera más ligera que permitirá derribarlos con una cierta facilidad.
Puede jugarse individualmente o por equipos. Los contendientes se alternan para lanzar la bola, e intentarán derribar el mayor número posible de bolos. El lanzamiento de la bola exige una especial técnica, ya que el trayecto o la forma del recorrido que siga la bola una vez que ha tocado el suelo será, a su vez, determinante para aumentar en mayor o menor medida la puntuación obtenida.
En la zona de Tierra de Campos se juega una especial variedad del “pincho”. En este caso el principal elemento del juego es un hierro con un gancho, muy bien afilado, que puede llegar a tener una longitud de entre diez y doce centímetros. Para jugar, hay que trazar en el suelo un rectángulo, que se divide con una raya en dos partes. El juego lo comenzará aquél que consiga lanzar el pincho y clavarlo lo más cerca posible de la raya trazada en el suelo. El primer lanzador, arrojará el pincho al campo del contrincante, de tal forma que trazará una línea tomando como referencia el punto donde haya conseguido clavar el hierro. De esta forma, el objetivo consiste en dejar sin espacio el campo del contrario.
Existe una gran variedad de formas para realizar este juego en todas las localidades de Tierra de Campos. Si un jugador falla al clavar, su contrario lanza el pincho lo más lejos posible, de tal forma que su oponente tiene que ir a recogerlo. Mientras regresa, el otro podrá realizar un número de tiradas que previamente se ha fijado, con lo que las posibilidades de acortar el espacio del rival son mayores. En otros puntos de la comarca, este juego se llama “a Roma”, ya que a quién corresponda clavar el pincho, deberá gritar esta expresión.
Existe también gran variedad de juegos infantiles, por lo que nos detendremos a explicar dos de ellos, muy practicados en la comarca. Uno de ellos es el diávolo. El juego consiste en encajar una pieza compuesta por dos conos unidos por dos vértices. Esta pieza hay que hacerla bailar sobre una cuerda que se sujeta con dos palos, a los que se imprime el movimiento para que el diávolo rote. Una vez que se han dominado estos movimientos esenciales, se pueden realizar numerosas figuras.
El otro juego es la “rayuela”. Consiste en lanzar una moneda o unos tejos desde un punto determinado, hasta una raya que previamente se ha trazado en el suelo. El competidor que consiga situar su tejo o moneda sobre la raya, o quién más se acerque, será el ganador de la partida. Generalmente, el ganador obtiene todo lo que haya sido lanzado como premio.
En la zona también se juega a los tacos, aunque éstos se conocen como “ponas”, siendo también típicos de otras zonas, como en Valencia de Don Juan. Las ponas son cartones de cajas de cerillas. En el suelo se marca una raya para que todos los participantes lancen su taco. Quién más se acerque, empezará el juego. Consiste en ir golpeando con la propia pona la de los demás participantes, de manera que hay que procurar empujarlas e ir alejándolas de un hoyo. En este hoyo están colocadas otras ponas, y se debe intentar sacarlas lanzando la propia y así obtener todas las que salgan.
En Sahagún los niños también juegan una modalidad parecida al pica, que se conoce como Cepar. Es un juego de correr, en el que el número de participantes es indeterminado. Uno de ellos es quien pone y debe perseguir a los demás hasta llegar a alcanzarlos. De esta manera, la persona a la que haya alcanzado, pasa a ponerla, y por lo tanto el juego vuelve a empezar.
Por último, podríamos hacer mención del juego de los “petacones”. Los petacones se confeccionan con cartas de baraja ya viejas y usadas. Se dividen y se cortan de tal manera que se obtienen cuatro rectángulos. Se doblan por sus extremos y se entrelazan, configurando de esta manera los petacones. El juego consiste en tirar los petacones e intentar que éste quede encima de los demás. Por lo tanto, aquellos que queden por debajo del lanzado, pasan a la propiedad del lanzador. Sin embargo, si no consigue situar su petacón encima de ningún otro, el siguiente jugador pasa a lanzar el suyo.
Lejos de tener un carácter deportivo, e inmerso en una gran polémica, podemos hablar de las chapas, ya que Sahagún ha sido un importante centro donde se realizaban altas apuestas basándose en este juego, siempre en la clandestinidad, hasta que se ha legalizado su práctica recientemente, en el año 2002. Es un juego que se desarrolla exclusivamente en Semana Santa. Al parecer, su origen está en el mismo momento de la Pasión de Cristo. Cuando estaba en la cruz, los soldados romanos que lo custodiaban se apostaron sus ropajes, parece ser que a las chapas. Para este juego se utilizan dos chapas, dos perronas de cobre. El tirador fija el importe de la apuesta y gana por cada cara que salga de la moneda. Para vigilar el cumplimiento de las normas, hay un “baratero”, con el que el ganador deberá compartir sus ganancias, pero también con el dueño del local donde se celebren las apuestas.




















































































