OMAÑA: MÍTICA Y DESCONOCIDA. Un pequeño pueblo, un sendero, una cascada cristalina vertiendo sus aguas al río, una belleza impresionante que no permite comprender por qué esta tierra, cuna de ilustres blasones, ha sido azotada por el abandono. La “Homus Manium” que llamaron los romanos por sus gentes, a las que calificaron de hombres-dioses debido a su resistencia, es un territorio cargado de tradición y leyenda.
En sus mágicos bosques crecen robles, fresnos, servales, chopos, acebos, alisos y abedules. Allí habita la única comunidad de urogallos libres fuera de reserva que comparte monte con jabalíes, corzos y rebecos. Pero si algo acompaña en todo momento, es el sonido del Omaña, que trascurre a lo largo del valle. Su corriente arrastra en sus aguas a “las pintonas”, una de las mejores especies de truchas de la provincia, ya que el río nunca ha sido regulado ni repoblado. El reloj de la vida se antoja viejo y el tiempo funciona con segundos lentos, con una cadencia sonora que marcan milanos y otras aves que surcan el cielo.
Quizá la mayor peculiaridad del territorio son sus gentes. Hombres madrugadores que trabajan de sol a sol. La tierra es pobre y hay que arañarla para conseguir que un palmo seco de ella, dé el fruto necesario para poder subsistir. La comarca contó con privilegios y cartas de reyes, franquicias de libertad y vasallaje que los señores feudales trataban de burlar. Cuando todos los pueblos se habían sacudido el yugo feudal, Omaña seguía sometida a las prestaciones señoriales, ya que hasta bien entrado el siglo XX estuvo en vigor el impuesto denominado “pan del cuarto”. Tal vez este sometimiento a lo largo de la historia, el paisaje montañoso y el duro clima de la zona han forjado el carácter de sus habitantes.
Uno de los aspectos más interesantes del valle fue el Concejo: la forma de gobierno de las pequeñas aldeas. A golpe de campana todo el pueblo se reunía en los pórticos de las iglesias, y como en una democracia natural, trataban temas de interés común, se aplicaban ordenanzas y se decidían asuntos como las beceras, los quiñones o el reparto del agua.
En el paisaje de sus pueblos, los tejados de pizarra y el verde de sus campos contrastan con el ocre de algunas techumbres de cubierta vegetal que aun se conservan en algunas aldeas. Esas aldeas donde antiguamente los vecinos se reunían en las cocinas, en las duras noches de invierno, y entorno a la lumbre surgía el “filandón”. Mientras las mujeres hilaban, se contaban historias y al son del pandero componían letrillas que luego se cantarían en el baile. Leyendas épicas, muchas de ellas procedentes de su pasado medieval, relatos de tesoros escondidos, de seres mitológicos que habían habitado esas tierras eran el eje de estas reuniones en una época, en la que el tiempo se detenía y la nieve parecía que no iba a desaparecer nunca.
Pero entre la realidad y la ficción la comarca toma, de real, el carácter de sus gentes y de imaginario, un paisaje tan bucólico que se torna más crudo y verdadero al palpar la despoblación. Pero, seguramente, la forma de ser de sus vecinos, su resistencia a lo largo de los siglos, impida el abandono de esta tierra tan rica y mítica como desconocida.
Miguel Angel Martínez de Vega
MIGUEL ANGEL MARTÍNEZ DE VEGA. Nació en Soto y Amío (León) en 1974.
Ha residido en Omaña desde donde ha llevado a cabo proyectos culturales y etnográficos. Fundador de la Asociación Cultural “Ares de Omaña”, ha dirigido y coordinado las distintas actividades que desde ella se han realizado en la comarca. La recuperación del “Sábado Castañero”, un antiguo mercado que se había perdido 40 años atrás, la representación de “La Leyenda de Don Ares de Omaña”, “La Zafarronada” y las diferentes ediciones de la “Semana Cultural de Omaña”, son algunas de las propuestas que ha llevado acabo en el valle.
Desde 1996 trabaja como productor teatral. Ha emprendido varios proyectos desde Producciones Teatrales MILÓ, llevando a escena textos de Darío Fo, Antón Chejov y Daniel Monedero entre otros.
En la actualidad dirige junto a la Actriz Ruth Rivera “Cantárida Teatro”, una compañía leonesa, que junto la vallisoletana “Teatro Corsario”, está poniendo en marcha la adaptación teatral de la trilogía de Luis Mateo Diez, “El reino de Celama, bajo la dirección de Fernando Urdiales.




















































































