Cueva Miñambres (Valdevimbre)
La Cueva del Túnel (Valdevimbre)
Manzana Reineta del Bierzo
Leproim (León)

Introductor

TIERRA BALDIA. BUSCANDO A ELIOT.     En la infancia, lo imagino o lo recuerdo, Astorga era la isla del tesoro, lo que soñábamos los interminables días del colegio, los amaneceres con los ojos casi cerrados, cuando esperando el autobús escolar, apretábamos en la mano, aterida, los libros que nunca llegaríamos a comprender del todo: para qué servían aquellas densas páginas cuando, aún felices, en mi familia contábamos con cuatro bibliotecas, usadas por todos, viejas y resplandecientes, únicas, propias e intercambiables, donde se mezclaban libros de viajes fantásticos, Verne o el más pedestre Sálgari o, simplemente Superman salvando milagrosamente la caída de ]a torre de la catedral de Astorga

, aquel referente nebuloso que luego, en la adolescencia, me recordaría a la películas de catástrofes: aún ahora, la cicatriz de la torre herida es espejo - ojalá- de mis propios desperfectos, de la devastación del tiempo, del oculto remiendo o el maquillaje forzoso, al que nos hemos ido sometiendo para intentar engañar al vaho en los cristales, al eco de los juegos del hoy derruido; dejar que las cosas se caigan, hasta la propia historia, parece abnegada costumbre de este territorio en penumbra que sólo acepta con placer el brasero y los platos regionales-. Jardín en el que fui feliz, y reí o lloré de alegría con gente que parecía hecha para dejarse retratar allí, bajo las lilas, en primavera aún: se conservaban imágenes de los habitantes de aquella casa condenada parece, al odio, al rencor gratuito y al abandono: no son gratos los tiempos felices que pasaron. Los ancianos espíritus de unos imaginados indianos, la única raza aventurera que cruzó el infinito de aquel jardín aunque sólo fuera para tener bandera propia -la que la miseria les había negado, oscuro paisanaje- dejando atrás la solitaria y erguida palmera de todos los jardines indianos, casi un tópico apenas dibujado entre la hierba.

     Fuera de la ciudad existirían otros mundos alejados de los estrechos límites de aquellos muros, los muros que conservaban ecos de persecuciones, odios, envidias entre visillos.

     Cae ahora el murmullo de la lluvia sobre unos y otros, cae la nieve, y se oscurece hasta el sonido de los pájaros, mientras se siguen escuchando, tercamente las campanadas de la catedral, que suenan casi sardónicas: la catedral que, lo queramos o no, a sido la única pieza inmóvil de un tablero de ajedrez, húmedo y expectante en donde yo, imperceptiblemente, iba sintiendo como se derrumbaban reyes y altas damas, y espectadores del drama. Así nos fuimos convirtiendo en madera tallada de un jardín de los cerezos desconocido, moviéndonos, perplejos y sonámbulos, como niños que lloran el final de su sueño, esperando, sin intuir que todas las historias de la historia tienen un único último acto, un final malo, en el que los protagonistas de la obra terminan su monólogo al borde de un barranco o, en este caso, de un palomar derruido, entre encinas salvajes, castaños devastados o uvas que ya no son ni de la ira.

     Con frecuencia se cita la inviolable memoria de una persona, mi padre (por azar o necesidad poeta, y a veces excelente poeta) que tuvo a bien ignorar, más bien frívolamente las bestialidades que sus amables paisanos cometieron, con la impunidad de una época africana y siniestra, con su persona, incluso, ya muerto el protagonista, con la muda presencia de una barata estatua que ha resultado estar hueca y revestida de hormigón, una nada borgiana estatua de arena, último sarcasmo de la iconografía, algo fallera, de su ciudad natal (y pese a todo amada): extraño orgullo leonesista (¿y eso, qué es?) para coronar a un hombre que vivió soñando que todos eran, en el único sentido de la palabra, eternamente buenos; pensamiento de un cristiano viejo, disculpar, incluso más allá de la tierra y del viento, todos los agravios, las denuncias, las cárceles, las dudosas personas que pese a elogiarle siguen empeñados en ignorarle: sólo hay que pasearse sin melancolía por la calle Astorgana que lleva su nombre, atisbar su casa de cristales rotos, flores marchitas o hiedra salvaje con la fuente seca y despintada, mostrando sin pudor la herrumbre, mientras, no tan lejos se escuchan los rumores sobre cómo especular -mal- con aquellos terrenos, cómo hacer que coexistan -idea que seguramente no se le hubiera ocurrido ni a André Bretón ni a todos los firmantes juntos de los manifiestos del surrealismo- con un parvo museo del chocolate; quizás un último homenaje o un guiño mal intencionado a vicios familiares más recientes: es evidente que aquí la imaginación nunca llegó al poder, y que detrás de los adoquines de la calle Leopoldo Panero no se escondía el mar; ni el mar, ni una simple y muda caracola: el único rumor que se intuía era -y es- el de una hormigonera analfabeta e insaciable y la visión romántica de dos o tres albañiles en estado catatónico que, pertrechados para una escalada a las cimas de la poesía observan, sin entender nada, el paso del tiempo, ese niño de Heráclito que no para de jugar a los dados inútilmente mientras se deshace la nieve, titubeante, sobre un apellido que se acaba.

     Mejor no entender nada, ni aparentar hacerlo; no intentar descifrar mi propia historia ni la historia de España, con su denso mapa de barbaries, de mal gusto, de desprecio y vasos de duralex: quizás sea mejor, la destrucción, el fuego. Al final en este país no se rescata nada, puesto que todo está basado en el olvido, en la anécdota y en la banalidad: tristones artículos como este -y que conste que alguno a pasado por mis ojos- son perdonados porque se saben ineficaces, torpes o invisibles, amarillo papel para justificar no se sabe qué, un estúpido prestigio de patio de colegio, de barriada pobre. Pues si, he retornado a Astorga, después de eternidades y nostalgias, porque aún, pese a todo, sigue para mi siendo el símbolo del misterio, del dolor, del silencio; he vuelto porque todos tenemos derecho a rehacer pasos perdidos, ha buscar el lugar donde se enterró, como en un juego, el deseo, donde se perdió la voluntad de cambiar mundos: eran bosques demasiado salvajes para atravesados sin sufrir heridas. Lo confieso: he envejecido mal, no he comprendido a tiempo la larga mano de la banalidad, ni del desprecio. Pero aún ahora busco guarida sabiéndome ya animal herido; prefiero imaginar que todo ha ido bien, que he sido fiel, quizás torcidamente, a una extraña tradición de perdedores, gente que cruzó la frontera y no supo reencontrar el camino para volver a tiempo a casa; a tiempo para salvar la quemada postal de la felicidad, de la risa. Aún así, en este reino de amnésicos, se -profeta que se miente a si mismo-, que habrá algún día en que alguien descubrirá la estafa y la usura a la que se ha ido sometiendo la figura poética de Leopoldo Panera y quizás vuelva entonces, Joseantonianamente a reír la primavera.

Porque será la risa, siempre la mano que rescata la inteligencia, los jardines perdidos el roce de la piel, 1a música aunque esta sea la canción del verano- y el áspero recordatorio de que todos hemos de volver un día a pisar la tierra que negamos, aquellos primeros labios que besamos una tarde, anocheciendo, en la muralla de Astorga, palpitando más que nunca el corazón, puede que palpitando al mismo tiempo la ciudad.

     MICHI PANERO

     Michi Panero. Hijo del fallecido Leopoldo María Panero, escritor  leonés fundador del periódico Nueva Revista que publicó sus obras Crónica cuando amanece (1929) y Poema de la niebla. Ganador del premio Fastenrath de la Real Academia Española y El Premio Nacional de Literatura en 1949.

     Nació el 14 de Septiembre de 1951 en Madrid. Actualmente reside en la localidad leonesa de Astorga.

     Cursó estudios básicos en el Liceo de Madrid, estudios Superiores en el Ceu de Madrid.

     En la Facultada de Ciencias de la Imagen cursó estudios de Cine y en la Universidad Complutense de Madrid Filosofía y Letras.

     Ha colaborado en diferentes medios de comunicación, desde su fundación en el Diario Independiente, en  el Diario 16, Cambio 16 y en diferentes publicaciones periódicas como Play Boy.

     En cine ha trabajado con Jaime Chavarri en “El Desencanto” y bajo la dirección de Ricardo Franco en “Después de Tantos Años.”

Cueva Miñambres (Valdevimbre)
Manzana Reineta del Bierzo
Leproim (León)
La cueva del tunel (Valdevimbre)