GASTRONOMÍA. Quizá, una de las constantes que ha dominado la gastronomía en esta comarca ha sido la escasez de productos para cocinar, lo que ha imposibilitado el desarrollo de unos platos en los que destacase la enorme variedad de ingredientes utilizados. En cierta medida, las comidas de La Cabrera se basan en productos básicos como pueden ser las patatas, la leche, el tocino o el pan de centeno, que nos hablan de la pobreza de estas tierras. Sin embargo, no por ello la gastronomía cabreiresa merece no ser objeto de atención, ya que los habitantes que pueblan estas zonas, aun con pocos recursos, han sabido idear curiosos platos y recetas.
Dentro de los productos empleados en la cocina de La Cabrera, tenemos que hacer una primera referencia a los obtenidos en las huertas particulares de las viviendas, de tal forma que en muchos casos estos productos eran la base alimenticia e ingrediente fundamental de sus platos. Destacan las berzas, con la que se elabora uno de los caldos más típicos de La Cabrera, junto a las alubias. También se aprovechaba en abundancia las patatas desde el mismo momento de su introducción en la agricultura desarrollada en estas tierras. Otras variedades hortícolas consumidas eran las castañas, las cerezas, o las ciruelas. Las setas también se preparaban de una forma especial. Otro de los complementos fundamentales de la dieta de La Cabrera es la miel, destacando la de brezo, muy oscura y densa, con importante propiedades curativas.
En cuanto a las carnes, destacan las de vacuno y ovino. Son carnes de muy buena calidad, sobre todo las criadas en las laderas del monte de El Teleno, llegando a adquirir una merecida fama. Un producto en estrecha relación con la actividad ganadera es el queso, entre los que destaca el queso de “fardel”. Con este queso lo que en verdad se hacía era aprovechar la leche que se cortaba poniéndola a escurrir en un saco de tela tupida. Se obtenía así un requesón cuyo gusto variaba según el tiempo que se dejaba dentro. Se comía añadiéndole vino, azúcar o miel. Como en el resto de la provincia, no podemos dejar de hacer mención a la matanza, ya que de ella se obtenían numerosos productos consumidos a lo largo de todo el año. Los embutidos se curaban ahumados con troncos de encina, roble o cepos de urz, lo que les proporciona un sabor y aroma muy característico. También se conseguían salazones, como jamones y cecinas.
Como productos típicos de matanza de La Cabrera, hablaremos en primer lugar de las “morcillas de calabaza”. Se hacen con carnes adobadas que tienen huesos de pequeño tamaño, a las que se añade una porción de calabaza previamente cocida. Toda la masa se embute en una tripa y se cura al humo con el resto de la matanza. Las androllas se hacen de similar manera que las “morcillas de calabaza” mencionadas, pero se sustituye ese trozo de calabaza por pieles de cerdo. El “ventruyo” es el botillo de la comarca, en el que se usan carnes con hueso de la cabeza, del espinazo, costilla, rabo, etc. del cerdo, que se adoban durante dos días con sal, ajo, pimentón y orégano. Luego se embute en las tripas más anchas del cerdo y se cura al humo. Se suele comer acompañado de patatas blancas después de haber sido cocido durante aproximadamente dos horas.
Empezando una descripción por sus comidas, debemos hacer especial mención a los desayunos, necesariamente con una importante aportación de calorías para soportar las largas jornadas de trabajo. En este caso, podemos hacer referencia a los “culiestros”, una especie de papilla que se obtenía mezclando harina, azúcar y leche de vaca recién parida que posteriormente era hervida.
Muy típico a la hora de la comida o cena y como uno de los platos más elaborados de La Cabrera nos encontramos con el “caldo de berzas”. Es muy frecuente la obtención de la berza de las propias huertas familiares, en especial un tipo llamado “coulina”, caracterizada por un sabor un poco ácido y que se empleaba de forma exclusiva para hacer este tipo de caldo. En concreto, para la elaboración de este plato se usan las hojas tiernas de esta berza, a la que se podía añadir cualquier tipo de carne y un trozo de hueso de jamón, chorizo, tocino y oreja de cerdo. Junto a esta carne se cocían las alubias que la noche anterior habían sido puestas a remojo. Una vez que las alubias se han cocido, se les añade las berzas y las patatas. Toda la mezcla debe cocerse bien, procurando cada poco tiempo darle vueltas. Normalmente, este plato era consumido el día posterior a su confección. Una variedad de invierno de este tipo de caldo, es el de “vayinas”. En este caso, se utilizan las vainas de las alubias que se han dejado secar, en algunas ocasiones con las alubias incluidas. Su elaboración sigue los mismos pasos que en el caso del caldo de berzas, aunque no lleva berzas y se acompaña con cantidades más pequeñas de carne. Otro caldo era el de ajo, de fácil elaboración. Se cocían patatas, tocino o panceta y chorizo. Una vez cocido, se le añade un machacado con ajo, pimentón y aceite.
Otra comida muy peculiar de la comarca es la leche “mazao”. Era lo que quedaba de la leche después de haber estado contenida en un pellejo de cabra y haberle quitado la mantequilla mediante movimientos y pequeños golpes. Se comía con patatas cocidas calientes o con castañas asadas si era el momento de su cosecha.
Un plato que solía corresponderse con los días de fiesta era la empanada, aunque hoy en día su consumo se ha generalizado, no siendo raro poder comerla en cualquier momento del año. Según la tradición, se hacía una cada vez que se amasaba, ya que se aprovechaba para hacerla en el horno donde se cocía el pan. Solían estar rellenas de carne de conejo, chorizo, tocino y sardinas, productos que se completaban añadiéndoles acelgas o berzas para conseguir que quedase más tierna.
La frugalidad de la comida de La Cabrera también puede observarse en las meriendas, ya que los productos consumidos en esta comida son muy escasos y de elaboración extremadamente simple. Por poner un ejemplo, una de las meriendas más comunes consistía en simples rebanadas de pan, de centeno en la mayoría de los casos, sobre las que se untaba mantequilla, elaborada como hemos comentado a la hora de hablar de la leche “mazao”.
En cuanto a los postres, no podemos hacer alusión a un gran despliegue de ingredientes empleados a la hora de su elaboración, por lo que describiremos los más típicos, aunque en muchas ocasiones éstos sólo eran preparados en días especiales o festivos. Uno de ellos es la leche frita, hecha a base de una mezcla de leche, harina y azúcar. Toda esta mezcla se cocía para después cuajar sobre una bandeja plana. Una vez que había cuajado, se cortaba en tiras finas, se rebozaba con huevo y se fríe en aceite. El bizcocho más típico de todas las fiestas era el roscón, elaborado tomando como ingredientes huevos, leche, harina y levadura que se mezclaban en una horna redonda especial con un agujero en medio. Era muy normal tomar este bizcocho mojado en algún licor como coñac, anís o aguardiente.
JUEGOS POPULARES. La despoblación y el nuevo auge económico de La Cabrera están afectando gravemente a las costumbres tradicionales, de gran riqueza, de esta comarca. Los juegos han desaparecido bajo los nuevos fervores de los deportes modernos, por lo que hoy estas prácticas tradicionales prácticamente se han visto relegadas a simple documentación de tiempos pasados. Aún así, numerosas asociaciones de La Cabrera pretenden rescatar estos juegos y deportes del olvido, para lo que han recuperado sus reglas y los practican en los días grandes de las distintas poblaciones cabreiresas.
El único juego tradicional que se sigue practicando en La Cabrera, según las diversas fuentes, es el de los bolos. Se trata de una modalidad específica que mantiene bastantes diferencias del bolo leonés y que, por lo tanto, deriva de un antiguo juego que se denominaba “bolo celta”. Normalmente, las partidas se celebraban con algún tipo de apuesta entre los habitantes de las diversas localidades, aunque también era muy normal que distintos pueblos compitiesen entre sí, formando parejas por cada localidad.
El campo de juego del bolo cabreirés es de unas dimensiones bastante considerables: Un rectángulo lo más plano posible, que tenga una anchura de unos diez metros, mientras que puede llegar a alcanzar los treinta metros de largo. Se utilizan nuevos bolos realizados con madera de roble y una bola redonda hecha con la madera de la raíz de roble o encina, con el tamaño adecuado para ser manejable en la mano. Otro complemento indispensable es una piedra plana denominada “jugadeiro”, donde se colocan en líneas los bolos para comenzar el juego. Para mantener los bolos en pie se suelen pegar a esta plataforma con buesta de vaca. Tanto bolos como la bola de lanzar, suelen mantenerse mojados para aumentar su peso y evitar que se rompan o resquebrajen.
En la actualidad, la práctica de este juego ha quedado reservada a ser casi un espectáculo folclórico que busca preservarlo del olvido. Se organizan con motivo de las fiestas patronales de los pueblos grandes campeonatos, en el que el número de participantes puede llegar a ser muy elevado. Este hecho ha propiciado que se haya modificado el sistema de puntuación, ya que se ha aligerado la partida. Los campeonatos se organizan atendiendo a diversas categorías y en ellos pueden participar tanto hombres como mujeres, sin que por ello se modifiquen o alteren mínimamente las reglas para cada uno. Aparte de preservar esta tradición, estos campeonatos también se orientan hacia un fin lucrativo, ya que con ellos se pretende recaudar algún dinero que se destinará a la celebración de las fiestas patronales de la localidad. Normalmente, el ganador de la partida obtiene a cambio distintos trofeos o un jamón. En el campo de juego se trazan dos líneas para contabilizar los puntos, puntuando el doble los bolos que tras el lanzamiento sobrepasen esta última. Una condición indispensable es que pasen la primera línea, ya que si no lo hacen, no obtienen ninguna puntuación, lo que se denomina “colchar”. Los equipos están compuestos por dos miembros y, en algunos casos, incluso, por tres. Se hace un sorteo para saber quien va a iniciar las tiradas, “el mano”, que, en la teoría, dispone de una cierta ventaja sobre sus competidores que deberán esperar a que realice su lanzamiento.
Otro juego, practicado especialmente por los pastores de vacas de la comarca, es la “billarda”. Lo jugaban cuando se juntaban un grupo de ellos en el monte, especialmente en los pastos comunales, como ocurría en el de las “Llamas” de Encinedo. Para practicar este juego se necesitan dos palos de madera: Uno de ellos es la billarda, de un palmo de largo aproximadamente, que estaba afilado por los dos extremos para facilitar que se elevase del suelo cuando se golpease. El otro es mucho más largo y es el que se utiliza para golpear la billarda tras hacerla levantar en el suelo con un golpe en uno de sus extremos. Es un juego de tipo individual en el que pueden participar un número indeterminado de jugadores. Para empezar el juego, se sortea quien empieza y se decide a cuantas “varas” se jugaría teniendo en cuenta el tiempo del que disponían. En principio, la billarda se coloca sobre una piedra plana procurando que uno de sus extremos quedase en el aire, para facilitar que se elevase cuando se golpease ese extremo. Pero una vez que se lanzaba la billarda, ya no se disponía para facilitar su elevación.
El primer jugador dispone de tres intentos para intentar lanzar la billarda a la mayor distancia posible. Si la primera vez la billarda iba a parar a una distancia mayor de una vara del sitio de inicio, el segundo jugador la cogía y si era capaz de darle desde allí al palo situado en el punto de inicio, le quitaba la vez y empezaba a jugar él. Si no le daba a la vara, el primer jugador podía volver a lanzar la billarda, apostando el número de “varas” al que creía que iba a caer la pieza de madera. Una vez que había tirado, si se había excedido en su petición, su puntuación era cero y el turno pasaba al siguiente jugador que debía repetir la misma operación.
La cocha era el otro gran juego preferido por los pastores cabreireses practicado en los prados de los montes cuando se reunían algunos de ellos. Al menos se necesitan tres participantes para posibilitar su desarrollo. En la parte más plana del prado se hacía un hoyo, que se acompañaba a cada lado por otros dos más pequeños llamados “chitos”. Uno de los jugadores debía empujar con un palo una bola de madera, intentando introducirla en el hoyo grande. Los otros dos participantes debían impedirlo, ayudados también de sendos palos. Estos palos ocupaban los hoyos pequeños, y con ellos debían evitar que la bola entrase en el grande. Pero el pastor que había empujado la bola, también ganaba si lograba introducir su palo en uno de los hoyos pequeños.
Pero también existen otros juegos, algunos de ellos de marcado carácter infantil. Por ejemplo, el “llobo”, donde se mezclan elementos de la pica y del escondite. Uno de los jugadores se esconde, es el lobo, mientras que los otros intentan escapar de él una vez que éste ha salido de su guarida. Si lograba atrapar a alguno de los perseguidos, éste pasaba a ocupar el papel del “llobo”.






























































































