LA BAÑEZA Y SU ENTORNO. No es posible separar a La Bañeza de sus alrededores, de sus comarcas. De ellas extrae la ciudad lo mejor de su carácter: el ser abierta, animosa, liberal y alegre. Ese carácter flexible y ameno acaso brota de sus ríos, de sus sotos de chopos y de álamos –que últimamente vuelven a reforzarse en las cuencas de todos los ríos-, en esas riberas en las que las irisaciones de la luz son muy ricas a lo largo de las cuatro estaciones del año.
Todo fluye en estas riberas –Órbigo, Tuerto, Duerna, Jamuz, Eria-, todo es consecuencia de ese transcurrir de las aguas, de ese transcurrir que, sin embargo, refleja la quietud del cielo. Incluso una comarca como El Páramo –que en su nombre parece recoger engañosamente síntomas de sequía- está sometida a este ritmo del agua de sus canales, a las hileras de chopos que los bordean, a la feracidad de los frutos en huertos y campos.
Pero no cabe engañarse con este aspecto fluyente, abierto, de las aguas que discurren. La Bañeza tiene también a poniente su contrapeso, en los secos y rojizos terrenos de viñedo –donde la minería del oro de los romanos hizo sus primeras catas, donde las luces son cobrizas-, en los vastos pinares y encinares de las sierras que van ascendiendo hasta nuestra cima tutelar, el monte Teleno. Dos aires, dos atmósferas, dos tierras, acaso dos formas de ser, que la ciudad funde y conjunta en sus calles y plazas, en ese día de sábado en que bulle el mercado y en los frutos de la tierra descubrimos lo mejor de ella. A levante, las vegas más feraces con sus chopos, el fluir, lo pasajero, lo riente, la despreocupación; a poniente, los viñedos, las dehesas y bosques, los primeros robledales, instaurando una vida más arraigada y apacible, más consciente.
Son también estas condiciones ribereñas las que explican que La Bañeza sea paso obligado: hacia Portugal, por donde en la actualidad se va a reforzar esta vía del noroeste de León, hacia la Carballeda y Sanabria, que debiera tener mucho más protagonismo del que tiene; hacia el sur, primera parada en la antigua Vía de la Plata, ya en tiempos con Bedunia, la primera mansión en la vía que iba a Zaragoza. No es, sin embargo, Bedunia –como hasta hace poco se creía- la más antigua de las referencias urbanas de La Bañeza, situada en el altozano del actual San Martín de Torres. Es, por el contrario, un teso que mira a las aguas del Duerna –el antiguo Ornia-, pues en Santiago de la Valduerna, aparecieron los importantes restos de un castro de la Edad del Hierro.
Mientras la arqueología no vuelva a decir lo contrario, ese castro señala no sólo la más antigua ocupación de las tierras bañezanas, sino la presencia de la vida fértil junto al río. En realidad, el lugar más antiguo de la propia Bañeza se encuentra en el cerro donde se levanta la iglesia de El Salvador, monasterio en sus días fundacionales. En este punto, la ciudad comenzó a crecer y extenderse. Pasaba entonces el río Duerna más cerca de esta altura ligeramente murada y seguramente, al amparo de estas laderas, la ciudad comenzó a comerciar, nació su mercado. La Bañeza, pues, rica desde sus orígenes en intercambios; ciudad que en la Edad Media –junto al de Medina del Campo- tenía ya el más importante mercado del Reino.
Hoy la ciudad tiene un reto: el de proteger y salvaguardar la pureza de las aguas de sus ríos. Como las aguas de muchos de los ríos leoneses, éstas ya no poseen la pureza de los días de nuestra infancia, pero confiamos en que los ríos recuperen su protagonismo, que sean con sus riegos fuentes de riqueza, pero también lugar para el esparcimiento, cauces naturales de vida.
Poco a poco se han dio revitalizando ciertos aspectos de la cultura popular, a veces hasta en los mismos pueblos. Así, en el pueblo alfarero de Jiménez de Jamuz, se ha inaugurado no hace mucho un Museo del Barro. Y más, abajo, hay castillos en Villanueva y Alija, que también posee un importante museo etnográfico debido exclusivamente a una iniciativa popular.
Y, luego, Quintana del Marco, con los restos de una villa romana de la que hay mosaicos en el Museo Arqueológico Nacional. Aquí y allá asoman los viejos signos culturales. Porque La Bañeza tuvo -sobre todo a comienzos de siglo, cuando en su arquitectura era casi una ciudad neomodernista- una notable actividad cultural en los campos del periodismo, el teatro y la música. Hoy se lucha porque la ciudad no renuncie a estos referentes culturales que pueden ser el contrapeso de esa otra Bañeza, mucho más conocida, de la diversión, la festiva y despreocupada.
Poco a poco la ciudad descubre el sosiego en sus alrededores. Así, los Cursos de Verano tienen, desde hace dos años, en su programación, la visita a una de las comarcas ribereñas de nuestros ríos. El primer año la ruta que recorrimos fue la del río Jamuz; el pasado año nos adentramos por La Valdería hasta la misma Cabrera. Las ruinas del monasterio de Nogales nos llevaron, río arriba, a las choperas de Castrocalbón y éstas a los pinares de Pinilla y Felechares, y éstas a su vez a los encinares y robledos que acarician ya las faldas del monte Teleno.
Cauce arriba, por el río Tuerto, nos encontramos con el artesonado mudéjar de la iglesia de Santa Colomba o con el retablo de la iglesia de Huerga de Garaballes –obra de un aventajado alumno de Becerra- y con la vitalidad de un pueblo lleno de inquietudes y tradiciones como Santibáñez de la Isla. Más abajo, el Órbigo se ensancha a la altura de Regueras, límite de cazadores y pescadores entre el agua y el páramo, que como hemos dicho hoy no es tal páramo.
Más arriba, a poniente, la ruta del río Duerna, que divisamos o entrevemos desde las alturas del castillo de Palacios, con los viejos castros prerromanos en los altozanos del río, escalonados hasta llegar a los amplios pinares de Priaranza y Tabuyo, refugio final de sombra y sueño, con su hilera de pequeños molinos.
Hay, pues, que partir de todos estos enclaves para comprender, valorar y programar un futuro más en equilibrio y armonía para las Tierras Bañezanas. El agua –la defensa de su pureza- es el primer don, como hemos dicho, que estas tierras poseen y que hay que mimar; luego, su arbolado, la fertilidad de sus tierras, esos bosques de pinos y encinas que poseen una importancia muy especial dentro de los de la Península. Son, sin más, los espacios en los que respiramos y en los que nos sentimos vivir.
Yo en mi libro Orillas del Órbigo y en el de memorias de la infancia, El crujido de la luz, me esforcé por fijar todos los signos y símbolos claves de estas tierras. El río y el monte fueron dos de los más significativos. El discurrir y la calma, la humedad y la seca pureza del aire, la eterna dualidad de la que siempre dependen los seres humanos reflejada en unos espacios muy concretos. Mimémoslos. No dejemos de atender a esa melodía del agua que discurre y de la brisa que atraviesa los pinares: es un mensaje de armonía, es decir, de vida plena.
ANTONIO COLINAS
BIOGRAFíA
Poeta, novelista, narrador, biógrafo, ensayista, traductor y periodista español, nacido en La Bañeza, León en 1946.
Durante 21 años residió en la isla de Ibiza.Actualmente ha fijado su residencia en Salamanca.
En La Universidad de Madrid cursó estudios Técnicos y de Historia.Entre los años 1970 y 1974 residió en Italia, donde trabajó como Lector de Español para las Universidades de Milán y de Bérgamo, realizando excelentes traducciones de autores italianos, destacando la obra de Giacomo Leopardi y la poesía completa del Premio Nobel Salvatore Quasimodo.
Ha publicado hasta la fecha más de una treintena de libros, de ellos once son poesía-Ha publicado, hasta la fecha, más de una treintena de libros. De ellos, once son de poesía, entre los que destacan: Sepulcro en Tarquinia (Premio Nacional de la Crítica en 1975), Astrolabio, Noche más allá de la noche, Jardín de Orfeo, Los silencios de fuego y Libro de la mansedumbre. En l982 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura a una edición que recogía el conjunto de su obra poética y que ha sido reeditada por Visor Libros con el título de El río de sombra (Treinta años de poesía, l967-l997).
Es autor de las dos primeras novelas de la trilogía "Para una educación estética": Un año en el sur y Larga carta a Francesca, así como de un libro de cuentos, Días en Petavonium. Otras obras suyas son: Vicente Aleixandre y su Obra, Hacia el infinito naufragio (Una biografía de Giacomo Leopardi), Poetas italianos contemporáneos, El sentido primero de la palabra poética, Tratado de armonía, Rafael Alberti en Ibiza (Seis semanas del verano de l936) y Sobre la vida nueva, libro éste que recibió la Mención Especial del "Premio Internacional Jovellanos de Ensayo
Su obra ha sido reconocida con el «Premio de la Crítica» en 1975, el «Premio Nacional de Literatura» en 1982, la Mención Especial del «Premio Internacional Jovellanos de Ensayo» en 1996, el premio de «Las Letras de Castilla y León» en1998, el «Premio Internacional Carlo Betocchi» en 1999 , En l999 recibió el Premio de las Letras de Castilla y León y, en Italia, el Premio Internacional Carlo Betocchi, concedido a su labor como traductor y estudioso de la literatura italiana. En este mismo año de 1999, además de la reedición de su poesía completa (El río de sombra. 30 años de Poesía, 1967-1997), ha publicado Amor que enciende más amor (Plaza Janés); El crujido de la luz (Edilesa), una especie de "memorias de infancia", un libro clave para valorar el conjunto de su obra; una nueva edición de su poema Sepulcro en Tarquinia (con 8 grabados del pintor alicantino Pérez Carrió); una Antología esencial de la poesía italiana (Espasa Calpe) y Nuevo Tratado de Armonía (Tusquets) y el «Premio de la Academia de Poesía» de Castilla y León en 2001.
Importante su labor como articulista y crítico literario en diferentes periódicos y revistas españoles: “ El País”,”ABC”, “ Diario 16”, “ La Razón”, “Insula”..
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