A primera vista, la sobriedad de la comarca parece derivarse de las rotundas formas naturales que la definen. Sin embargo, Los Ancares muestran una
variedad que no puede pasar desapercibida. De la misma forma que su agreste geografía ha posibilitado el mantenimiento de formas culturales tradicionales, esta conservación se ha transmitido a su medio natural, flora y fauna, protegidas ahora con más efectividad desde el establecimiento de la zona como Reserva Natural.
Las características orográficas que definen la comarca nos hablan de unos territorios de difícil geografía, hecho que ha condicionado notablemente las formas de vida desarrolladas en estas tierras ancaresas. Esta geografía fue la que propició ese tradicional aislamiento de Los Ancares frente al resto de las comarcas de la provincia de León. Se sitúa la comarca en el extremo noroccidental de la provincia, limitando con las Comunidades Autónomas de Asturias y de Galicia. De esta forma, la sierra de Los Ancares se encuentra dividida administrativamente entre Lugo y León. Una primera descripción general nos hace ver unas tierras de altas cumbres de amplísimas laderas que confluyen en los principales valles que recorren la comarca, como son los de Burbia, Ancares, Fornela y Balboa, donde se concentra la mayor parte de los núcleos de población ancareses.
El atractivo natural de la sierra de Los Ancares propició que fuesen declaradas estas tierras Reserva Natural, conocida bajo el nombre de Reserva Natural de Los Ancares, en los años 70 del siglo hace poco concluido. En esta reserva, a primera vista caracterizada por una cierta monotonía que bajo un análisis más detallado se rompe, cuenta con algunas de las cotas más altas de toda la provincia de León, rondando los 2000 m de altura. Nos estamos refiriendo a los picos de Cuiña, con 1987 m; al de Miravalles, con 1969 m; al Teso Mular con 1884 m; o, por último, a Tres Obispos, con 1792. Son estas alturas las que marcan la división entre las provincias lucense y leonesa. Si atendiésemos a una caracterización general de esta Reserva Natural, deberíamos describir una serie de elementos principales. Las laderas se encuentran totalmente cubiertas de matorral, brezos, aulugares y piornales, a los que se unen los impresionantes bosques que aún perviven.
Podemos, por lo tanto, establecer dos zonas bien diferenciadas en cuanto a su vegetación. Por un lado, una de ambiente mediterráneo definida por la presencia de poblaciones de encinas y madroños. Por otra, un bosque atlántico con abundancia de robles, abedules, tejos o castaños entre otras especies, que se da sobre todo en las zonas umbrías.
De esta forma, distinguimos una serie de elementos que definen los recursos naturales de Los Ancares. En cuanto a la orografía y a la vegetación, podemos distinguir una serie de elementos atendiendo a su estratificación. En primer lugar, las zonas de altas cumbres que ya hemos descrito en la divisoria con la provincia de Lugo. En un segundo escalón, encontramos las laderas recubiertas de matorrales, la mayoría de ellas resultado de una práctica tradicional muy extendida en estas tierras: Los lugareños quemaban estos terrenos para poder
obtener pastos para sus ganados. Así, las laderas se han recubiertos de brezos, de piornales y otras especias. En este punto, nos adentraríamos en los valles, donde podemos distinguir dos zonas. En primer lugar, los bosques de castaños, de gran importancia ecológica, algunos de ellos con varios cientos de años de edad. Son un importante fundamento de la economía ancaresa ya que su explotación ha posibilitado la afluencia de recursos para los habitantes de Los Ancares. En segundo lugar, las riberas de los ríos. Son cauces de aguas limpias y frescas donde podemos encontrar truchas comunes, desmanes, e incluso, alguna nutria. Todas estas riberas se encuentran flanqueadas por choperas en las que se pueden observar algunos alisos, sauces, abedules y saúcos.
La fauna reviste una especial importancia, y así podemos encontrarnos con gran cantidad de especies en serio peligro de extinción que han visto drásticamente reducida su población. En los bosques de castaños que todavía salpican Los Ancares puede contemplarse algún ejemplar de oso pardo, aunque era un animal mucho más abundante antes. De la misma forma, se conservan jabalíes, aunque estos no han sufrido la persecución a la que se sometió al oso y que propició su casi desaparición. También, muy escaso, y, por lo tanto, muy difícil de contemplar, todavía queda algún ejemplar del famoso urogallo cantábrico. También es muy extraño poder avistar animales como la marta, el gato montes o la garduña, aunque se sabe a ciencia cierta que persisten algunos ejemplares. A estos animales, habría que sumar uno de los más característicos de la comarca, el corzo. El corzo, hoy una apreciada pieza de fauna, habita los bosques ancareses y sus praderas. A esta lista, podríamos añadir gran cantidad de aves, como los carboneros, los pinzones, los mitos, los zorzales, los agateadores, los pitos, los trepadores, los arrendajos, los herrerillos y un largo etcétera. Las zonas de matorrales se encuentran profusamente habitados por perdices, rubias y pardas, y liebres, importantes piezas para los cazadores que se acercan hasta estos lugares. Por último, la fauna fluvial se caracteriza por la trucha común que sustenta los diferentes cotos de pesca que han establecido en la comarca las autoridades competentes.
Pero la naturaleza ha proporcionado unos adecuados recursos económicos para el desenvolvimiento de la vida cotidiana de sus habitantes. Los valles se encuentran jalonados por pequeñas huertas destinadas al consumo familiar, acompañadas por extensos pastos destinados a la cabaña ganadera. Sin embargo, no podemos encontrar gran cantidad de tierras dedicadas al cultivo de cereales. En todo caso, destaca el centeno que proporciona alimento para el ganado, harina para el pan y paja para las características techumbres de las pallozas ancaresas. Los bosques son de una importancia fundamental, sobre todos los de castaños. De ellos se extraen las castañas, la madera para la construcción o la fabricación de útiles y la leña. Por último, no podemos olvidar la apicultura y la caza. La primera ha sembrado los terrenos de “cortinos”, muros de piedra que evitaban que los osos asolasen las colmenas, donde se produce una miel de excelente calidad. La segunda, practicada según diversas modalidades y especializada en el corzo y en el jabalí, antiguamente también en el lobo.
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