Leproim (León)
Manzana Reineta del Bierzo
La Cueva del Túnel (Valdevimbre)
Cueva Miñambres (Valdevimbre)

Introductor

Daniel Gavela

     ANCARES Y FORNELA.     Allí  donde la Cordillera Cantábrica pierde el rumbo oeste y gira al sur y, agotada de arrastrar por los bajos del cielo  su esqueleto de galgo famélico, se derrama con la suavidad de un setter en el rincón extremo de la provincia de León, allí donde da la vuelta el aire,  están Ancares y Fornela: al Oeste del Valle de Laciana, al Este de la Terra Cha Lucense, al Sur de Asturias, al norte de Villafranca del Bierzo.

     El perro, en estas tierras frías, mira al ocaso, hacia donde el sol se pierde, y por sus cuartos traseros se despeñan torrentes nacidos en la nieve que dibujan una geografía de mil  valles que se estrechan y se abren al compás del agua, describiendo un gran arco como cuando Manolo, el acordeonista de Cariseda,  ataca el pasodoble El Gallo, en la noche de San Juan, con gran alarde de instrumento para que se oiga al otro lado de la Puente, y bailen los vivos y los muertos, ciudadanos ambos de pleno derecho en este solar leonés. Aquí la música que esculpe y no cesa es de agua.

     No es fácil llegar a los Ancares y menos a Fornela, porque esta ni es tierra de paso ni se deja ver. El que quiera alcanzar el galeón tiene que sumergirse en un viaje largo, incómodo y lleno de accidentes (geográficos). Es un lugar para ver, pero sobretodo, para estar y no es un destino recomendable salvo para quienes estén dispuestos a regresar a  casa con un saco de aire, como en los cuentos.

     Esta es una tierra de fábula, de historias escritas en la nieve, generación tras generación, en  largas veladas invernales alumbradas por el fuego bajo y los relatos de la gente mayor. Nunca Mío Cid cabalgó por estas tierras, pero doy fe

Gentes del Campo (Ancares)
Autor: imagen mas

de que cuando yo era niño las huellas de Babieca, con su escolta de lobos, eran visibles en la nieve  al amanecer, por obra y milagro de un  romancero y un fabulario que circulaban de boca en boca.

     Es  tarde para gozar de este tesoro: la función ha terminado. El privilegio de fabular pertenecía a los ancianos y éstos están casi todos muertos; y sus hijos se han ido para siempre, antes de alcanzar la mayoría de edad narrativa. Regresan, pero con la memoria herida. Sin embargo pagaría el viaje la mera posibilidad de resucitar una velada, - ya fuera a  capella o sobre un fondo de pandeiro- mantenida por una de aquellas voces de la montaña de León que asombraron a Menéndez Pidal y a sus discípulos por su rico repertorio romanceado o, años más tarde, a Dámaso Alonso, en su viaje por las lindes del leonés y el gallego.

     Enmudecida la palabra, en estas tierras se abre paso el silencio. El silencio es una mancha verde que se expande e invade las tierras y los prados que antaño fueran de labor; el silencio es la maleza que abraza a los pueblos, y el bosque que cubre las laderas y trepa hasta los límites de la nieve. El silencio son los nombres que se borran. Aquí no hace mucho tiempo el roble era  roble, distinto del arce y del negrillo; y éstos, diferentes del fresno y del serbal de los cazadores; y el tejo, vecino del acebo en el sotobosque umbrío. Por un matiz del verde, en primavera,  o del amarillo, en el otoño, el manzano jamás sería confundido con el cerezo o el peral. En el reino mineral, animal o vegetal todo tenía nombre propio. Cada pájaro -según su cantar o su plumaje-, cada pliegue de la montaña, cada recodo del río era bien nombrado.

     El sol tallaba las horas alargando y encogiendo sombras, los días los marcaba el santoral, los meses se sucedían conforme al ritmo de la vida y los cambios de estación se anunciaban en el cielo.

     El ojo del hombre lo escrutó todo y su mano se posó hasta en la última piedra, pero hace ya largo tiempo que cedió su destino a la naturaleza. Sobreviven el urogallo, el armiño, la jineta y la nutria. El oso se expande y el lobo vuelve a ser el cazador que más piezas se cobra. Esto tiene una sola explicación: el reino animal y el vegetal van a más donde el hombre va a menos. Y aunque se añoren otros tiempos, no tiene por qué ser una mala noticia.

     A diferencia del viaje a Itaca, yendo  a  Peranzanes,  a Burbia, o a Suárbol lo importante no es el camino: la experiencia imborrable es despertar en medio de esos valles, abrir los ojos y sentir que el mundo aún puede ser estrenado. Ancares y Fornela han emprendido su viaje de regreso hacia el día primigenio. Allí, entre el Pico Miravalles y el  Tresobispos, les aguarda tendido en su lecho de nieve un dios dormido.  

     Madrid, 20 de mayo de 2003

     Daniel Gavela Abella

    DANIEL GAVELA ABELLA. Natural de Peranzanes, el pueblo central del valle de Fornela, situado en los límites de León con Asturias y Galicia.  

     Es graduado en periodismo por la  Escuela Oficial de Periodismo de Madrid y Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.

     Gran parte de su carrera profesional ha estado ligada al diario El País, periódico al que se incorporó en su primer año de vida, en marzo de 1977, después de haber dirigido durante tres años el semanario Guadiana.

     En El País fue sucesivamente redactor de la sección política, jefe de la misma, redactor jefe del diario y, finalmente, redactor jefe del magazine El País Semanal.

     Ha sido Director de Comunicación y Relaciones Externas del Grupo Prisa desde mayo de 1988 a febrero de 1994.

     Ha sido Director de la Cadena SER Convencional desde febrero de 1994 hasta noviembre de 2001, fecha en la que fue nombrado Director General de la SER y de Unión Radio, cargo que desempeña en la actualidad.

Leproim (León)
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La cueva del tunel (Valdevimbre)
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