GASTRONOMÍA. Una vez que se prueba la comida ancaresa, se puede intuir que la comarca ha estado influida por tres tendencias. Los platos de Los Ancares muestran la presencia de elementos gallegos, es muy popular el “lacón con grelos”, y leoneses, las influencias del cercano El Bierzo, e incluso, han llegado algunas recetas asturianas que han sido rápidamente adaptadas a las peculiaridades ancaresas. La característica que define a la gastronomía de esta comarca es su pobreza. Pobreza entendida en el sentido cuantitativo, no cualitativo, ya que con escasos ingredientes se han desarrollado diferentes platos de muy buen gusto que solventan las necesidades alimenticias básicas.
Los productos, como hemos mencionado, no destacan por su gran variedad, aunque con ellos, a falta de riqueza buena es la imaginación, se llegasen a elaborar exquisitas recetas. Podemos empezar la lista refiriéndonos a los embutidos de la matanza, a las truchas y a las carnes de caza, o a la miel. A los productos hortícolas, como los pimientos, las castañas, y numerosas verduras que servían de acompañamiento de las carnes en los guisos. Las setas, el pulpo que llegaba desde Galicia, el “queso de cebreiro”, el de cabra y el requesón, la “miel dos Ancares”... y más ingredientes que han dado un toque peculiar a la gastronomía ancaresa.
El pan se elabora de similar manera a como se hacía en El Bierzo vecino. Se toma como ingrediente principal la harina de centeno o de escanda a la que, en determinadas ocasiones, se podía añadir algo de harina de trigo, en un intento de mejorar la mezcla. Sólo los días realmente especiales, por ejemplo los festivos de gran importancia, el pan se elaboraba enteramente con harina de trigo. Sin embargo, esto no era lo frecuente ya que las condiciones geográficas de Los Ancares no permiten el cultivo del trigo, siendo éste en otros momentos un producto casi de lujo. Aún quedan hornos comunales que usan fórmulas artesanales.
El cerdo se convierte en uno de los principales recursos para obtener alimentos que se conservan durante la mayor parte del año. La matanza, proceso tradicional que hoy se ha convertido en un auténtico ritual tradicional amenazado por las necesidades higiénicas imperantes de la actualidad, se realiza en invierno, durante el mes de noviembre, a partir de la celebración del día de San Martín. El cerdo se mata y se desangra, recogiendo la sangre que, como no, servirá para la elaboración de morcillas y otros platos. Posteriormente se le quema la piel de forma que se abrasen los pelos. Por último, se procede al despiece del bicho, mientras que las tripas se lavan para poder ser utilizadas en la elaboración de los embutidos, ahumados a base de leña de roble y encina y curados al aire frío de la sierra.
Las carnes del cerdo, muy saladas, son el ingrediente principal del “cocido ancarés”. En este plato, elaborado como único para la hora del almuerzo, se acompaña, aparte de las carnes ya citadas, de hortalizas cultivadas en los pequeños huertos familiares. Todos los productos se cuecen en el puchero, a fuego lento, para después dejarlo reposar. Una vez realizado todo el proceso, está ya listo para comer, sirviéndose caliente. Otra forma de aprovechamiento de estas carnes es a través de la empanada, también muy pobre y arcaica, con verdura de huerto, trozos de tocino y masa de centeno.
Uno de los embutidos más propios de Los Ancares es la “androlla”. No es más que el botillo, conocido, como en Galicia, bajo el nombre de “Androlla”. Se elabora a partir de costillas, rabo y huesos, a los que se añaden otras carnes.
Se adoba y se embute, se ahuma y se deja secar, aunque no durante mucho tiempo. Lo normal es que se consuma con verduras, pero más frecuentemente se acompaña con patatas.
La pobreza de ingredientes empleados en la cocina de la comarca se observa en su plato más tradicional y que ha tenido más raigambre durante largos años, aunque hoy se haya convertido en un plato básicamente turístico. Se trata del “caldo ancarés”, un plato de origen gallego, pero aclimatado a la falta de recursos característica de la comarca. Aun así, la variedad de sabores de este plato de cuchara es inconfundible, adquiriendo una gran riqueza que ha posibilitado que se trate de un excelente caldo muy propio para las inclemencias climatológicas propias de la zona.
Otros platos se componen de carnes de caza y productos de pesca. Son muy famosas las truchas de Valcarce, preparadas siguiendo múltiples recetas. Todos estos platos se podían acompañar con una salsa especial de Los Ancares. En una sartén se caliente aceite, se pone cebolla picada junto con unos pimientos y un ajo, dejando que dore un poco todo. Una vez que ha dorado, se le añade unos champiñones y unas setas, muy troceadas. Después, se añade harina, vino y un chorro de caldo de carne.
Uno de los postres más típicos es la “tarta de San Pedro”. Se elaboraba en los días especiales o festivos, ya que la repostería ancaresa no se define por su riqueza, como el resto de sus recetas. Esta tarta se elabora con el pan sobrante del día anterior que se empapa con leche, huevo, azúcar, y se cuece al horno hasta alcanzar su justo punto para ser degustada. Otro postre que se tomaba
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mucho a principios del siglo XX consistía en freír pimientos que, posteriormente, se cubrían con miel o azúcar, otorgándoles una curiosa mezcla de sabores. Por lo general, estos postres toman como elementos primordiales para su elaboración las castañas, las nueces y la miel, extraída de los llamados “cortins”, que son los cierres empleados en las colmenas que salpican el territorio ancarés.
Como licores, podemos destacar el “aguardiente de arandos”. Su elaboración sigue los mismos pasos que para obtener el orujo de otros puntos de la geografía leonesa. Se consigue a partir de la destilación del orujo de los arándanos. No era raro que cada casa dispusiese de su propio alambique donde preparaban estos licores de fuerte graduación alcohólica, aunque en la actualidad se han convertido en un producto industrial orientado al comercio aprovechando el tirón de su elaboración artesana.
JUEGOS POPULARES. Si examinamos con detalle los juegos ancareses e intentamos aportar algo de luz sobre su componente tradicional y popular, vemos como la comarca ha recibido múltiples influencias foráneas. Estas influencias, presentes en cada uno de los aspectos de la cultura popular de Los Ancares, material e inmaterial, están presentes también en la multitud de juegos y deportes practicados por los habitantes de estas tierras. Siempre tienen un carácter lúdico, en los que podía caber alguna pequeña apuesta, pero son concebidos como la mejor forma de aprovechar los escasos momentos de ocio que permite la dura vida del campo en la comarca.
El primer juego al que hemos de hacer referencia es el de los bolos leoneses, aunque hemos de señalar que en la comarca se ha jugado una modalidad específica que lo diferencia del resto de los practicados en las otras comarcas leonesas, e incluso, del practicado en el vecino El Bierzo. El origen de este juego ha sido muy discutido por folcloristas y etnógrafos, barajándose dos hipótesis a tal respecto. Siguiendo un orden cronológico, la primera teoría expone que se trata de un juego que se remontaría a la época en que la comarca estaba habitada por gentes de tribus prerromanas. Incluso, en otros puntos de la geografía leonesa, se asegura que este juego deriva de uno conocido como “bolos celtas”. La otra teoría otorga una fecha de nacimiento a este deporte más temprana, ya que remonta su difusión por la geografía leonesa a los momentos de reconquista medieval. Algunos, incluso, afinan más la fecha al asegurar que su introducción en León se produjo durante el reinado de Alfonso III.
Sea cual sea su origen, lo cierto es que los bolos han conseguido un gran arraigo entre todas las gentes de la provincia y, por supuesto, Los Ancares no iban a ser una excepción. Los elementos materiales necesarios para su desarrollo son exactamente igual a los empleados en otras versiones comarcales y lo único que puede variar es la forma de designarlos. Se utilizan bolos, hecho de madera, a la que se imprime una forma cónica con una base lo suficientemente ancha para permitir que se mantengan en pie. Se sitúan sobre una losa de piedra o una superficie lo más plana posible. Se utilizan nueve dispuestos de tres en tres formando hileras. Luego, el décimo se coloca delante de todo ellos, ya que éste va a ser fundamental para establecer el sistema de puntuación. El bolo también se confecciona con madera, aunque ésta ha de ser más pesada, para facilitar el derribo de los bolos. Aquí, a la hora de describir este juego ancarés, vamos a encontrar una de las características que lo singulariza respecto a los bolos practicados en el resto de León. En la provincia, el bolo suele ser de forma cónica, mientras que el bolo de esta comarca tiene una forma apeinada. El siguiente elemento fundamental de la bolera es el lugar desde donde se realizan los lanzamientos o tiradas. En muchas ocasiones no está explícitamente marcada en la cancha, sino que, con motivo de cada partida, sólo hace falta marcar una línea en el suelo, límite máximo desde donde arrojar la bola. La distancia se acuerda entre los participantes, aunque en la mayoría de los casos ya está previamente establecida.
Los jugadores pueden participar individualmente o bien formar equipos, con un número variable de integrantes, aunque lo más normal es que se trate de parejas. A éstos, habría que sumar el árbitro de la contienda. Su misión consiste en cantar en voz alta las distintas puntuaciones que cada equipo va obteniendo a la vez que van realizando sus lanzamientos. Se establece un sorteo que señalará qué equipo o competidor inicia la tirada. El objetivo es derribar el mayor número posible de bolos en cada tirada, soliendo disponer de dos por cada turno. El lanzamiento deberá tomar una determinada trayectoria, ya que es fundamental el recorrido de la bola una vez que toca el suelo. En todo caso, deberá superar el primer bolo que se pone enfrente de los otros nueve, rodar aprovechando su forma semiesférica y derribar cuántos bolos sea posible. Una vez que el equipo o el participante ha agotado sus dos tiradas, el árbitro o “contador” calculará la puntuación obtenida de la que informará a competidores y público en voz alta. Para apuntar los tantos, podrá trazar en el suelo unas rayas, a modo de marcador de cada equipo o contrincante.
Este es el juego más común de la comarca, pero existen también numerosas posibilidades y competiciones con las que los ancareses podían disfrutar de su tiempo libre. De gran transcendencia son los juegos en los que se prueba la puntería de los participantes. No en balde, se trata de juegos que no requieren especiales preparativos, ya que no es necesario un gran despliegue de medios para iniciar una partida. En este caso, es fundamental la diana. Ésta será el objetivo que tendrá que ser alcanzado por los participantes del juego. Puede ser una diana muy variada, desde una piedra más o menos alargada y con una base que permita que se mantenga en pie verticalmente y que, por lo tanto, habría que derribar, hasta los cuernos de las reses de sus ganados, llegando a los cilindros que son utilizados en la actualidad. El segundo elemento indispensable es el proyectil que se vaya a arrojar sobre esta diana. Lo más normal, y por ser el material más a mano, es que se trate de piedras, cantos o guijarros que se recogían en el mismo campo de juego. Por último, habría que trazar una raya en el suelo, a la distancia acordada entre los competidores, límite que marcaría la zona desde donde realizar las tiradas. El objetivo del juego está claro, proclamándose vencedor aquel que consiga acertar en el blanco el mayor número de veces o que consiga derribarlo con sus tiradas.
También podríamos mencionar los numerosos juegos infantiles, practicados por los niños en todos los pueblos de la sierra de Los Ancares y que prácticamente se han perdido. Sin embargo, la mayoría de estos juegos siguen unos esquemas universales, por lo que no es raro encontrar numerosos paralelos entre los juegos ancareses infantiles y los del resto de la provincia. Desde los juegos de correr, como la pica, el escondite, los dos con sus múltiples variedades, hasta los que exigían una mayor coordinación, como podían ser las diferentes variedades que se practicaban del “infernáculo” o la rayuela.
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